Dulce oscuridad

No hay tregua escrita en papel,
ni ojos de pupilas blancas,
no hay hoja marchita sana,
ni luz cuando acaba el túnel.

Mendigo el color que absorbe,
tus manos huesudas ansío,
el baile de tus cuencas vacías,
la cara “b” de la luna.

Clavos, mastico los clavos,
que han visto mi cuerpo por dentro,
que húmedos los extraigo,
que mis dientes mellan con su tacto.

Dulce oscuridad, patria sin bandera,
que al amparo de la luz emanas tus brotes negros,
psicótica y esquizofrénica misión la tuya,
salvando de la vida a tus hijos amados.

Malditos pensamientos que la euforia esgrime,
como espadas de latón en un mundo de papel,
cortantes, afiladas y endebles hojas,
que laceran pero de gravedad no hieren.

Oscura y negra tempestad la que me acuna,
con suave manto de lana corrupta,
la piel del bovino que me calienta,
y que hace de mí tu sangrienta espina.

Dulce oscuridad, absorta,
que te atrapa con sus uñas,
no luches contra ella, cede,
pues al final será bendita.

Bebed

Natalie se llevó una buena impresión al conocer a  Jesse.  Más que buena impresión fue amor a primera vista. Cuando Jesse se le acercó, Natalie se puso nerviosa. Le temblaba la voz, y por más que lo intentó no pudo complicarle la presentación a ese chico tan apuesto.

Momentos antes del acercamiento, ambos cruzaron las miradas, y Natalie la apartó instintivamente. Cuando volvió a mirar, Jesse continuaba mirándola tan fijamente que se sobresaltó. Jesse, consciente de su atrevimiento, esbozó una sonrisa tierna y miró hacia otro lado. Natalie ya no encontraba otro punto en el que centrar su mirada, y a cada rato tropezaba con él. Las conversaciones de sus amigas habían ido perdiendo el volumen hasta convertirse en un susurro lejano, hasta que una de ellas le sacó de su embobamiento.

– ¿Qué te parece Nat?

Nat, así le llamaban, no sabía de qué hablaba Alice, pero no quería dar explicaciones de su aturdimiento.

– Bien. Supongo que bien.

– ¿Supones? Es genial.

– ¡Sí, sí que lo es! – dijo y sonrío.

De nuevo las voces de sus amigas fueron perdiendo volumen, hasta acabar en un silencio casi total. Nat volvió a buscar a ese chico, pero por más que recorría la sala con la vista, no había ni rastro de él. Sentía que había perdido algo que llevaba tiempo buscando, y una sensación de desasosiego se convirtió en retortijón.

Al girar la vista en la otra dirección le vio. Estaba allí, caminando hacia ella y sonriendo. Natalie miró a sus amigas, tratando de hacerse la despistada, pero deseaba que llegara, y cada segundo se le estaba haciendo eterno. Pero el calvario acabó.

– Hola, soy Jesse, espero no molestarte. – dijo el chico.

– Hola… – musitó Nat con la voz temblorosa – Yo soy Natalie, Nat, Natalie.

Jesse sonrió y le dijo:

– Encantado Natalie Nat Natalie, aunque me bastaba con el nombre.

Natalie soltó una carcajada aguda, cosa que le hizo ruborizar y desear que la tierra abriera su boca y la tragara de un bocado.

– Me encanta tu risa, Nat.

Alice y Rachel, para entonces ya clavaban su mirada en Jesse como punzones, pero a él lejos de amedrentarle le facilitó las presentaciones. Nat y sus amigas hablaron con Jesse durante un buen rato, hasta que todo fueron risas. De una manera muy discreta Nat hizo sentir a sus amigas que molestaban, pedía su espacio como una leona en un harén del rey de la selva, y ellas se desvanecieron como la niebla de la carretera 46.

Jesse conducía su Ford por la carretera 46, en la cuál se había levantado de madrugada una niebla densa. En el asiento del copiloto, Nat abría y cerraba los ojos debido a la somnolencia. La última copa, pensó, ha sido la última copa. La copa que Jesse le ofreció antes de llevarla a casa.

– ¿Qué… qué me pasa Jesse?

– Nada Nat, tranquila, duerme un poco.

Cuando Natalie se despertó no recordaba el final de la conversación, tal vez eso había sido lo último que había oído. Debido al dolor de cabeza le costó darse cuenta de que no podía moverse. Tardó también en darse cuenta de que estaba boca abajo, y cuando lo hizo gritó.

– ¡Socorro! ¿Alguien me oye? ¡Ayuda!

En ese momento escuchó los pasos de alguien que se acercaba, y pese a verle desde esa perspectiva, supo que era él.

– Jesse.

– Nat. ¿Estás bien?

– ¿Que si estoy bien? ¿Qué estás haciendo? – le increpó.

– Lo siento Nat, eres la siguiente. No puedo cambiarlo. Cada día nos cuesta más encontrar a alguien como tú.

– ¿Os cuesta más? ¿Alguien como yo? – Nat estaba terriblemente asustada.

– Calla, ya vienen. – dijo Jesse cubriendo su boca con una cinta aislante.

Natalie comenzó a llorar y a gemir, pero los gritos eran contenidos por la mordaza como un dique hace con el agua. El sonido de pies arrastrándose sobre el suelo de cemento fueron haciendo crecer su miedo hasta el extremo, pero cuando los vio es cuando realmente trató de gritar con más fuerza. Se zarandeaba en la soga que la sostenía y abría los ojos. Abría mucho los ojos, unos ojos que eran la expresión más amarga del pánico. Parecían yonquis. Arrastraban los pies y hacían ruidos extraños con la boca. Estaban demacrados, pero su bocas… sus bocas estaban impolutas, mantenían todas las piezas dentales y de un tamaño enorme. Todos los dientes estaban afilados, como las bocas de las pirañas. Y se acercaban poco a poco. Si este era el fin deseaba que se acabara pronto. Miraba a Jesse, le suplicaba con la mirada que parase esto. Todo fue tan rápido que aún no era capaz de odiarle, e incluso sentía algo por él.

En ese momento Jesse se interpuso entre las criaturas y Nat y gritó “¡atrás!” mientras los contenía con las manos. Las criaturas se detuvieron y Jesse se dio la vuelta hacia Natalie y le quitó la cinta de la boca. Natalie comenzó a llorar y a darle las gracias.

– Gracias Jesse. Gracias.

– Tranquila Nat.

Natalie aún estaba terriblemente asustada, pero con la esperanza de que todo estaba por terminar. Sollozaba y sonreía a la vez cuando Jesse cortó su cuello de lado a lado. La sangre brotaba como una cascada sobre el rostro de Nat, impregnando su pelo para finalmente caer en el suelo. Nat miraba a Jesse mientras se desangraba y Jesse le miraba a ella. Dirigiéndose hacia las bestias solo dijo:

– ¡Bebed!

Gravilla

<< El Silencio

Llevo días enterrado.

Llevo días enterrado.

Llevo… Mi diario de oscuridad empieza a ser demasiado monótono. Repetitivo. Repugnante incluso. El escaso margen para maniobrar me tiene casi paralizado. Como el insecto que hiberna en su capullo a la espera de que se produzcan los cambios necesarios para renacer mutado. No tengo hambre ni sed, pero cada vez tengo más ganas de morder algo. Algo que no sean pequeños gusanos. Lo que me molesta de los gusanos no es tanto su falta de carne, como su falta de temor. Muerdo, mastico y trago, pero no demuestran su dolor, ni mucho menos su pánico. Por eso ansío alcanzar la superficie con mis manos, ya más parecidas a zarpas, para sentir el miedo, escuchar los gritos y alimentar tanto mi estómago como mi alma.

Pero aquí no hay dioses que cumplan ruegos. Por eso espero, solo, sólo espero. Nada más. Alumbrado por un haz tenue y ocre como una mancha de café en un folio. Algún día mis manos serán capaces de alcanzar un pie del que tirar, y sumergir a su dueño en mi agujero. Sueño con ese momento y me imagino mi risa, mi carcajada abierta de dientes manchados de tierra. Sueño también con el terror del condenado al sentir en su cara mi aliento putrefacto, el hedor propio de los gusanos masticados.

Mientras tanto, y cuando no sueño, las pesadillas me invaden con imágenes dantescas en las que el condenado soy yo. Condenado a vivir mil vidas aquí enterrado. Lo que más detesto es la gravilla que se desprende a cada rato sobre mi rostro, como una lluvia templada en una sala de torturas china. Maldita gravilla.

>> Aire en mis dedos, carne en mi boca

El silencio

<< Aquél Paseo Sin Retorno

La tierra está dura. Tantos días sin llover han cuarteado su piel como la cara de un viejo. Los gusanos serpentean entre raíces secas y piedras, esperando que pronto haya algo que llevarse a la boca. Más suerte tuvieron aquellos que dormitaban en los camposantos. Mucha más suerte. Yo continúo con hambre, pero sigo con energía, lo cuál me hace pensar si es hambre o gula. Rompen el silencio los borborigmos de mis intestinos, que rebotan en las paredes terrosas que me rodean, intensificando su volumen hasta esconder entre ellos el silencio. Es hambre.

Al tiempo me acostumbro a la sensación y me pregunto si seré capaz de mantener este ayuno indefinidamente. Lo que no tengo es sed, y es algo que me preocupa, pues con este calor me temo que no tardaré mucho en deshidratarme. Incluso al inspirar percibo un leve crujido, como de papel de charol, como si mis pulmones estuvieran secándose y perdiendo la esponjosidad. Ojala llueva, musito entre los dientes. Pese a estar bajo tierra y sin caja, hay un espacio en el que subyago, como si un ataúd invisible me protegiera. Y esa penumbra ocre me hace sentirme tranquilo y a la espera.

Por fin el silencio late y se disipa con algunas pisadas que se aproximan. Les acompañan voces. Mi boca segrega saliva ahora y vuelven los ruidos intestinales, alertándome de que debo comer. Utilizo toda la fuerza que tengo para clavar mi mano en la tierra por encima de mí y rebusco, tratando de alcanzar un pie del que tirar y que llevarme a la boca. Pero estoy demasiado lejos de la superficie, y tan solo remuevo la tierra por encima de mi, logrando únicamente precipitarla sobre mis ojos y mi boca. Sobre mi lengua serpentean algunos gusanos y sin pensarlo, mastico y trago.

>> Gravilla

Aquel paseo sin retorno

Los últimos rayos de sol se suicidaron tras los últimos árboles que alcanzaba mi vista. La oscuridad sentenció rápidamente al ocaso y una ventisca fría comenzó a soplar bruscamente. Aún así, yo no tenían intención de volver, y poco a poco me fui adentrando más y más en la espesa vegetación. Después de un rato caminando saqué mi paquete de Chesters y encendí un cigarro. La primera calada me iluminó como un punto en un radar. Mantuve el humo en mis pulmones como el que aguanta la respiración antes de morir ahogado. Acto seguido lo expulsé, formándose una neblina inquieta que se disipó enseguida.

En mi cabeza aún sonaban los recuerdos de los palos mordidos por las ratas. Palos atravesados que formaban imperfectas cruces, y que recibían las dentelladas de los roedores con la pasividad de lo inerte. Las creencias de los que sucumbían ya bajo la tierra hicieron mella en mí, y mi último acto de compasión fue darles una sepultura digna. Pero las ratas lo mastican todo; con sus ojos inyectados en sangre y sin dioses a los que rendir tributo, masticaban con saña la madera mientras emitían sus agudos chillidos. Por eso me fui, tratando de olvidar aquellos ruidos que retumbaban en mi cabeza como ecos en habitaciones vacías.

Entre divagaciones seguí caminando sin rumbo y cuando quise darme cuenta estaba en un paraje llano. Tras de mí se agolpaban árboles y arbustos, pero por delante no había nada, absolutamente nada. Ni siquiera recordaba las apáticas caladas a mi cigarro, sólo podía ver la tierra seca por delante de mí e iluminada tan solo por una luna ocre y unas estrellas minúsculas. Seguí caminando hasta que perdí de vista los árboles a mi espalda y me vi en el centro de nada. El silencio era el mejor amigo que jamás había tenido, y allí lo encontré. Para entonces las ratas habían dejado de morder en mi cabeza y aquellos cuerpos que enterré estarían peleando ya con los gusanos. Una pelea injusta e inútil de la que saldrían descarnados. Pero no me importaban nada, y tan solo disfrutaba del silencio y la monotonía del vacío.

Tenía claro que no quería volver, así que me tumbé en el suelo mirando al cielo y cerré los ojos. Entonces volví a sentir la lágrima roja que recorría mi abdomen, y al poco tiempo sentí su fría humedad por debajo de la espalda. Ya debía estar sobre un charco de mi propia sangre, y pronto respiraría por última vez. Pero no fue así. Al cabo de un tiempo me percaté de que la tierra estaba cediendo bajo el peso de mi cuerpo, me estaba absorbiendo. Rehusé usar la fuerza para escapar de aquél destino y al cabo de un tiempo la tierra me cubrió por completo. Aún podía respirar, y a medida que descendía me sentía con más energía. Ya debía estar sepultado a varios metros bajo el suelo cuando abrí los ojos. Allí abajo, bajo la húmeda tierra, pude volver a ver. La luz que mana de la oscuridad es un tono sepia, como el de las fotografías antiguas, pero podía ver y estaba ¿vivo? No puedo saber si estoy vivo o estoy muerto, sólo se que desde aquí puedo ver. Y tengo hambre.

>> El Silencio