Aquel paseo sin retorno

Los últimos rayos de sol se suicidaron tras los últimos árboles que alcanzaba mi vista. La oscuridad sentenció rápidamente al ocaso y una ventisca fría comenzó a soplar bruscamente. Aún así, yo no tenían intención de volver, y poco a poco me fui adentrando más y más en la espesa vegetación. Después de un rato caminando saqué mi paquete de Chesters y encendí un cigarro. La primera calada me iluminó como un punto en un radar. Mantuve el humo en mis pulmones como el que aguanta la respiración antes de morir ahogado. Acto seguido lo expulsé, formándose una neblina inquieta que se disipó enseguida.

En mi cabeza aún sonaban los recuerdos de los palos mordidos por las ratas. Palos atravesados que formaban imperfectas cruces, y que recibían las dentelladas de los roedores con la pasividad de lo inerte. Las creencias de los que sucumbían ya bajo la tierra hicieron mella en mí, y mi último acto de compasión fue darles una sepultura digna. Pero las ratas lo mastican todo; con sus ojos inyectados en sangre y sin dioses a los que rendir tributo, masticaban con saña la madera mientras emitían sus agudos chillidos. Por eso me fui, tratando de olvidar aquellos ruidos que retumbaban en mi cabeza como ecos en habitaciones vacías.

Entre divagaciones seguí caminando sin rumbo y cuando quise darme cuenta estaba en un paraje llano. Tras de mí se agolpaban árboles y arbustos, pero por delante no había nada, absolutamente nada. Ni siquiera recordaba las apáticas caladas a mi cigarro, sólo podía ver la tierra seca por delante de mí e iluminada tan solo por una luna ocre y unas estrellas minúsculas. Seguí caminando hasta que perdí de vista los árboles a mi espalda y me vi en el centro de nada. El silencio era el mejor amigo que jamás había tenido, y allí lo encontré. Para entonces las ratas habían dejado de morder en mi cabeza y aquellos cuerpos que enterré estarían peleando ya con los gusanos. Una pelea injusta e inútil de la que saldrían descarnados. Pero no me importaban nada, y tan solo disfrutaba del silencio y la monotonía del vacío.

Tenía claro que no quería volver, así que me tumbé en el suelo mirando al cielo y cerré los ojos. Entonces volví a sentir la lágrima roja que recorría mi abdomen, y al poco tiempo sentí su fría humedad por debajo de la espalda. Ya debía estar sobre un charco de mi propia sangre, y pronto respiraría por última vez. Pero no fue así. Al cabo de un tiempo me percaté de que la tierra estaba cediendo bajo el peso de mi cuerpo, me estaba absorbiendo. Rehusé usar la fuerza para escapar de aquél destino y al cabo de un tiempo la tierra me cubrió por completo. Aún podía respirar, y a medida que descendía me sentía con más energía. Ya debía estar sepultado a varios metros bajo el suelo cuando abrí los ojos. Allí abajo, bajo la húmeda tierra, pude volver a ver. La luz que mana de la oscuridad es un tono sepia, como el de las fotografías antiguas, pero podía ver y estaba ¿vivo? No puedo saber si estoy vivo o estoy muerto, sólo se que desde aquí puedo ver. Y tengo hambre.

>> El Silencio

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