Bebed

Natalie se llevó una buena impresión al conocer a  Jesse.  Más que buena impresión fue amor a primera vista. Cuando Jesse se le acercó, Natalie se puso nerviosa. Le temblaba la voz, y por más que lo intentó no pudo complicarle la presentación a ese chico tan apuesto.

Momentos antes del acercamiento, ambos cruzaron las miradas, y Natalie la apartó instintivamente. Cuando volvió a mirar, Jesse continuaba mirándola tan fijamente que se sobresaltó. Jesse, consciente de su atrevimiento, esbozó una sonrisa tierna y miró hacia otro lado. Natalie ya no encontraba otro punto en el que centrar su mirada, y a cada rato tropezaba con él. Las conversaciones de sus amigas habían ido perdiendo el volumen hasta convertirse en un susurro lejano, hasta que una de ellas le sacó de su embobamiento.

– ¿Qué te parece Nat?

Nat, así le llamaban, no sabía de qué hablaba Alice, pero no quería dar explicaciones de su aturdimiento.

– Bien. Supongo que bien.

– ¿Supones? Es genial.

– ¡Sí, sí que lo es! – dijo y sonrío.

De nuevo las voces de sus amigas fueron perdiendo volumen, hasta acabar en un silencio casi total. Nat volvió a buscar a ese chico, pero por más que recorría la sala con la vista, no había ni rastro de él. Sentía que había perdido algo que llevaba tiempo buscando, y una sensación de desasosiego se convirtió en retortijón.

Al girar la vista en la otra dirección le vio. Estaba allí, caminando hacia ella y sonriendo. Natalie miró a sus amigas, tratando de hacerse la despistada, pero deseaba que llegara, y cada segundo se le estaba haciendo eterno. Pero el calvario acabó.

– Hola, soy Jesse, espero no molestarte. – dijo el chico.

– Hola… – musitó Nat con la voz temblorosa – Yo soy Natalie, Nat, Natalie.

Jesse sonrió y le dijo:

– Encantado Natalie Nat Natalie, aunque me bastaba con el nombre.

Natalie soltó una carcajada aguda, cosa que le hizo ruborizar y desear que la tierra abriera su boca y la tragara de un bocado.

– Me encanta tu risa, Nat.

Alice y Rachel, para entonces ya clavaban su mirada en Jesse como punzones, pero a él lejos de amedrentarle le facilitó las presentaciones. Nat y sus amigas hablaron con Jesse durante un buen rato, hasta que todo fueron risas. De una manera muy discreta Nat hizo sentir a sus amigas que molestaban, pedía su espacio como una leona en un harén del rey de la selva, y ellas se desvanecieron como la niebla de la carretera 46.

Jesse conducía su Ford por la carretera 46, en la cuál se había levantado de madrugada una niebla densa. En el asiento del copiloto, Nat abría y cerraba los ojos debido a la somnolencia. La última copa, pensó, ha sido la última copa. La copa que Jesse le ofreció antes de llevarla a casa.

– ¿Qué… qué me pasa Jesse?

– Nada Nat, tranquila, duerme un poco.

Cuando Natalie se despertó no recordaba el final de la conversación, tal vez eso había sido lo último que había oído. Debido al dolor de cabeza le costó darse cuenta de que no podía moverse. Tardó también en darse cuenta de que estaba boca abajo, y cuando lo hizo gritó.

– ¡Socorro! ¿Alguien me oye? ¡Ayuda!

En ese momento escuchó los pasos de alguien que se acercaba, y pese a verle desde esa perspectiva, supo que era él.

– Jesse.

– Nat. ¿Estás bien?

– ¿Que si estoy bien? ¿Qué estás haciendo? – le increpó.

– Lo siento Nat, eres la siguiente. No puedo cambiarlo. Cada día nos cuesta más encontrar a alguien como tú.

– ¿Os cuesta más? ¿Alguien como yo? – Nat estaba terriblemente asustada.

– Calla, ya vienen. – dijo Jesse cubriendo su boca con una cinta aislante.

Natalie comenzó a llorar y a gemir, pero los gritos eran contenidos por la mordaza como un dique hace con el agua. El sonido de pies arrastrándose sobre el suelo de cemento fueron haciendo crecer su miedo hasta el extremo, pero cuando los vio es cuando realmente trató de gritar con más fuerza. Se zarandeaba en la soga que la sostenía y abría los ojos. Abría mucho los ojos, unos ojos que eran la expresión más amarga del pánico. Parecían yonquis. Arrastraban los pies y hacían ruidos extraños con la boca. Estaban demacrados, pero su bocas… sus bocas estaban impolutas, mantenían todas las piezas dentales y de un tamaño enorme. Todos los dientes estaban afilados, como las bocas de las pirañas. Y se acercaban poco a poco. Si este era el fin deseaba que se acabara pronto. Miraba a Jesse, le suplicaba con la mirada que parase esto. Todo fue tan rápido que aún no era capaz de odiarle, e incluso sentía algo por él.

En ese momento Jesse se interpuso entre las criaturas y Nat y gritó “¡atrás!” mientras los contenía con las manos. Las criaturas se detuvieron y Jesse se dio la vuelta hacia Natalie y le quitó la cinta de la boca. Natalie comenzó a llorar y a darle las gracias.

– Gracias Jesse. Gracias.

– Tranquila Nat.

Natalie aún estaba terriblemente asustada, pero con la esperanza de que todo estaba por terminar. Sollozaba y sonreía a la vez cuando Jesse cortó su cuello de lado a lado. La sangre brotaba como una cascada sobre el rostro de Nat, impregnando su pelo para finalmente caer en el suelo. Nat miraba a Jesse mientras se desangraba y Jesse le miraba a ella. Dirigiéndose hacia las bestias solo dijo:

– ¡Bebed!

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