Sangre en el pozo

Te siento,
cada vez que miro al fondo,
dónde la oscuridad pierde el nombre,
y los reflejos se esconden.

Pozo de muerte,
de sangre caliente,
el ferroso condimento,
para mis noches de isnomnio.

Lengua que lame mis venas,
con su látigo de fuego,
el que claudica al veneno,
que me secuestra por dentro.

Sangre en el pozo,
carne morada,
los deshechos no son huesos,
son recuerdos y despojos.

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Nada

Ayer salí a la calle invitado por la desgana. Era tal su magnitud que tampoco quería quedarme en casa. Me puse un pantalón sucio y una camisa arrugada, pues la desidia me impidió buscar algo en la profundidad del armario. Los peldaños parecían infinitos, tanto que no me atreví a contarlos como en tantas ocasiones de sumas frustradas. Durante el descenso olí a café, a comida o a nada, y también pude escuchar risas, insultos o nada. Cada piso era el nudo de una historia, la paja, momentos que aislados no encajan pero que envidio con el más extremo de los pecados. Al abandonar el edificio, la temperatura del aire derritió la inquina generada por mis vecinos. El sol se apostaba en lo alto como un rey en su atalaya divisando sus dominios. A causa de ese poder, tanto el sol como el rey están solos, y eso me permitió caminar sin la molestia de paseantes. Un perro sin collar olisqueaba el tronco de un árbol para levantar después su pata. Acto seguido corrió hacia otro tronco para repetir el proceso. No le importaba otra cosa que no fueran esos árboles, y tal vez por eso al cruzar la calle para seguir orinando no se percató de la llegada de un coche. Tras el impacto comenzó el temblor, y tras él la quietud, la expiación. El conductor se bajó e inspeccionó los daños, sobra decir que los de su vehículo, pues un chucho sin collar es como una vieja en una residencia, que no le importa ni a dios por más que defiendan la necesidad de enterrarla aún con vida. Debió pensar que no era nada importante, y tras apartar con más asco que pena al can, volvió a subir al coche y se marchó, dejando tan solo un recuerdo en forma de huellas ensangrentadas. Más paja, pensé yo, y un final. Seguí caminando. Me olvidé del perro tan pronto que me asustó mi desinterés. ¿Tendré conciencia? Pero ni mi propia pregunta me interesó, y la deseché por estúpida. Claro que no. Que no tengo conciencia digo, por si a alguien sí le interesa. Llegué a un parque de tierra, rodeado por césped y en el que se disponían dispares arbustos, flores y árboles tan débiles que ni siquiera daban sombra. El sol brillaba sobre la arena como si lo hiciera sobre cristales, y del suelo ascendía un calor aún más recalentado que en su descenso. Si no hubiera sido por lo desierto que estaba habría pensado que el infierno estaba a tres manzanas de mi casa. Para entonces mi frente ya goteaba, y en poco tiempo las pequeñas gotitas iniciales se hicieron tan grandes que comenzaron a recorrer mi cara. Siempre acaban en los ojos, o en la boca, antes de precipitarse más abajo. Cuando me di cuenta de que quería fumar, recordé que no tenía tabaco, y como si fuera un mendigo anduve buscando colillas. La cabeza inclinada, como rindiendo devoción a ese sol autoritario. Al fin encontré una colilla lo suficientemente grande para permitirme dar al menos cuatro caladas. Un gorrión la vio también y extrajo unas hebras a través del canutillo blanco. ¡No! -grité. Y me lancé como un cuervo sobre los ojos de un muerto. Sonreí por haberle arrebatado mi cigarro. Cubriendo con el dedo el boquete del papel lo encendí. Tragué el humo una vez, luego otra y otras dos veces más. Como había predicho, cuatro caladas. Me dirigí hacia un banco en el que daba una pequeña sombra de manera oblicua, formando un poliedro irregular más frío que el resto. Me tumbé sobre su asiento y utilicé la sombra para mi rostro.

Hoy me he despertado en este banco. Debía llevar doce horas dormido, Llueve con suavidad y la temperatura ha descendido. Estoy mojado. La desidia continúa y no me apetece volver a casa. Al girarme para sentarme he descubierto varias monedas junto al banco. La caridad es una mierda, he pensado. Las he recogido por pura coincidencia y me he levantado. Con dinero me lo he replanteado, y ahora no sé si volver a casa o si seguir paseando.

Cenizas frías

Soy ya viejo. Mis temblorosas manos esgrimen con dificultad la péndola, y me resulta inevitable no desperdiciar algunas gotitas de tinta de camino al papel. Subyace bajo mi soledad una agotadora sensación de tristeza, iluminada con debilidad por un mugriento candil colocado sobre mi escritorio. Las paredes que me custodian desprenden un olor a moho tan ácido que la llama en ocasiones crepita con suavidad mostrando pequeños destellos verde azulados que me hacen estremecer. La melancolía y la desidia han convertido mi morada en mi prisión, y los recuerdos son ahora mis únicos aliados. Una lágrima se escurre deshidratada entre las arrugas de mi rostro para fallecer en la agrietada comisura de mis labios. Hace tiempo que no me atrevo a mirarla, pero en ocasiones, amparado por la penumbra, soy capaz de fijar mi vista por unos instantes sobre ella. Entonces sucumbo ante el más indómito de los dolores. Su carne y sus huesos seguirán siendo de piedra. Su alma, cenizas frías.

Redención

Apoltronado en su sofá, el oficial Astel deja caer la ceniza de su Milde Sorte sobre la alfombra. Degusta ensimismado el denso humo del cigarro para expulsarlo después lentamente. Terminada la exhalación,  mira con desprecio hacia el suelo y aplasta los restos del tabaco incinerado. Hace años escondió el cenicero con el emblema del Sacro Imperio Romano para dar más credibilidad a su obsesionada lucha. Las cenizas las limpiará más tarde Guenendel, así que arrastra su bota contra el marchito tejido para eliminar el más mínimo atisbo de impureza de su suela. Tras arrojar la colilla por una de las ventanas, estira su traje y se cuadra golpeando los talones antes de abandonar el despacho. Es más tarde, a la vista de todos, cuando lleva a cabo su enmienda, y tras advertir a un polaco con la estrella judía de su mal comportamiento, desenfunda su arma y le dispara en la cabeza. A un encolerizado volumen grita que en la nueva Alemania, fumar, mata.

Aire en mis dedos, carne en mi boca

<< Gravilla

Decidí, por una mezcla de experiencia y sabiduría, que era mejor esperar con los ojos cerrados. Gracias a ello agudicé mi olfato hasta tal punto que era capaz de distinguir entre humanos y animales a los que osaban pisar mi fosa. Pese a considerarlo una osadía, era plenamente consciente de la necesidad que tenía, aun así prefería tomármelo como una intromisión o pecado para que mi rebelión fuera más inocente y funesta.

Tras el descubrimiento, y aunque quería comer carne humana, decidí empezar por los animales, pues de salir airosos de mi embiste no se lo contarían a nadie. De esta forma pude practicar como un cazador tirando al plato, y lo que en un principio eran infructuosos intentos, con el tiempo se convirtieron en un acierto tras otro.

La noche que conseguí atravesar el límite horizontal que se extendía por encima de mí, y sentí el aire fresco en mis dedos manchados de tierra, supe que ya estaba preparado para la prueba final. Ese día, a pesar de la ya acusada inanición, decidí soltar a mi presa, que aullaba y mordisqueaba la esquelética mano que lo sujetaba. Fue inefable la sensación de saber que por fin podía, y pese a no tener testigos, juré que no volvería a pasar hambre.

La siguiente noche, cuando olí que una joven se acercaba, me sentí más vivo que cuando caminaba. Estaba tan exaltado que me castañeteaban los dientes y soltaba guturales risitas que por suerte no escuchó mi comida. La tenía sobre mí, podía oler su piel, su carne, su sangre e incluso sus líquidos viscerales. Exquisita. Tal y como había practicado días antes, estire mi brazo con fuerza, y aunque seguía sin saber como era capaz de recorrer tanta distancia, volví a sentir la brisa nocturna en mis corroídas manos. Sentí en mis yemas la piel de su tobillo, olí su miedo y escuché sus gritos. Pese a no haber practicado la vuelta atrás con el alimento, me sorprendió la facilidad con el que se hundió. En un breve lapso de tiempo llegó su pierna a mi boca, su carne a mis dientes. Mastiqué sin prisa por miedo al atragantamiento, mordí y mastiqué hasta que llegué al hueso y continué el descenso. Para entonces ya no gritaba. Yo, masticaba y tragaba. Masticaba y tragaba.

CALIGINEFOBIA

Destroyed narcism, de Stefan Heileman
Destroyed narcism, de Stefan Heileman

La señorita Loughty nos enseñaba a sumar sin usar los dedos. Casi todos, a escondidas, íbamos levantando los dedos por detrás de la espalda cuando nos preguntaba. La cosa se complicaba cuando el resultado de la cuenta era mayor de diez. Yo me perdía y soltaba un número al azar entre once y dieciocho, pues de momento los sumandos eran de una única cifra. ¡A veces acertaba! Pero muchas fallaba, y era penalizado con la repetitiva copia de la dichosa suma entre diez y cien veces, dependiendo de si me había quedado cerca o lejos del resultado correcto. Un día empecé a jugar con piedras. Para entonces ya sabía apreciar cuando una chica era guapa, y la señorita Loughty lo era. Descubrí con las piedras otra forma más divertida de sumar, que consistía en ir arrojando los guijarros contra distintas cosas que se pudieran romper. Los cristales eran idóneos para mi juego. Cuando rompía el primero contaba los fragmentos, cuando rompía el segundo los volvía a contar, después sumaba todos los fragmentos. Cada vez usaba menos los dedos y más la imaginación, hasta que se convirtió en extraño el día que fallaba una operación. El día que lance la piedra desde el patio contra la ventana del despacho de la señorita, ésta la recogió y me miró con odio antes de arrojarla. Yo sé que no fue su intención, pero la mala suerte se convirtió en siete puntos de hilo gordo en mi frente. Al día siguiente su sustituta nos tuvo haciendo aburridas sumas durante toda la clase. Durante una semana, cada vez que bajaba al patio miraba al antiguo despacho de la señorita Loughty y recordaba su cara enfadada devolviéndome la piedra. A ella no volví a verla, pero cada vez que me cruzo ahora con una mujer guapa, me echo a temblar.

Publicado en el Viernes Creativo de Escribe Fino