La yacija vertical

Es sabido por todos que las personas, al fenecer, son enterradas en horizontal, siempre que no sean incineradas. Los hornos crematorios también engullen los ataúdes en horizontal. La lógica y la física son las culpables, pues en horizontal es mucho más sencilla la labor de enterramiento o cremación, y además, salvo que las cajas fueran un molde de los yermos cuerpos, serían incapaces de mantener la posición erguida de los cadáveres, por no hablar también del coste que supondría la fabricación personal de cada uno de los contenedores destinados a guardar los cuerpos.

Es lógico entonces que cuando mi padre me habló de los enterramientos verticales, pensara que era una idea alucinatoria debida a la enfermedad, que en aquél momento estaba tan avanzada que cada día entre los vivos era como un regalo. Un regalo para nosotros claro, pues él hacía tiempo que estaba preparado para el estertor.

El dolor de los recuerdos me impide hablar más de los detalles de su defunción, pero la historia que me contó volvió a mi cabeza años después en medio de un ataque al corazón. Sentí como si mi corazón se arrugara como una pasa, como si hubiera sentido un calambre indescriptiblemente doloroso dentro del pecho. Entonces recordé las yacijas verticales en las que supuestamente enterraban a los que morían en el pueblo de mi padre durante un brote de neumonía que hubo en su pueblo años después de la guerra civil.  El pueblo, de cuyo nombre mejor hablar, es un pueblo de Castilla La Mancha, azotado por el calor en verano y por el frío en invierno. Uno de esos inviernos las temperaruras descendieron hasta los diez grados bajo cero y fue el invierno de los enfermos. Viejos y no tan viejos comenzaron a caer como moscas víctimas de neumonías aplastantes. El número de fallecidos era tan descomunal para una población tan pequeña, que el cementerio se llenó pronto. Comenzaron entonces las incineraciones, pero los más creyentes renunciaban a tal destino, exigiendo ser enterrados como dios manda. Y ahí empezó el problema. Mientras se buscaba hueco para los cadáveres y se ampliaba el cementerio, muchas casas tuvieron que guardar a sus difuntos por más días de lo natural. Al tercer día de la muerte de uno de estos, este se levantó. Se levantó y anduvo, como decía mi padre, pero en sus ojos no había vida. La familia llamó al cura, y este al principio habló de milagro, pero el resucitado no tenía conciencia, tan solo deambulaba, no interactuaba. Es decir, seguía siendo cadáver, un cadáver que andaba, nada más.

Al día siguiente se levantaron otros muertos que llevaban tres días en velorio, al siguiente más, hasta que los muertos que andaban eran tantos que la gente se preocupó. Fue entonces cuando escucharon los ruidos en el cementerio, los movimientos de losas y de lápidas. La gente ya no hablaba de milagro sino de maldición. Así que algunos de los vecinos comenzaron a perseguirlos y a tratar de matarlos. Al principio muchos se oponían, al tiempo nadie lo hacía. Pero no había forma de matarlos, y ellos se seguían pudriendo. Poco a poco. Y al final a alguien se le ocurrió. Si no podían matarlos al menos conseguir que no deambularan, pues no era plato de gusto ver a un muerto medio descompuesto paseando por la plaza del pueblo, moviendo los brazos y las piernas en zanjas de las que no sabían salir, ni arrastrándose por el suelo. Sobre todo para los niños, que para entonces ya no dormían presas de las pesadillas. Entonces comenzaron a enterrarlos en cajas sencillas pero en vertical. Solo sabían caminar, empujar y mirar hacia adelante. Ni de lado ni hacia arriba y mucho menos hacia abajo. Asi que los enterraban en parcelas cuadradas y profundas y cabeza abajo. De esa forma cabían muchos más en el camposanto y no saldrían jamás.

Las familias hacían lo que hacían las familias, llevar flores y rezarles. Ellos empujaban hacia adelante, nada más, haciendo ruidos. Tratando de caminar mientras seguían pudriéndose. El cementerio que hasta entonces era un lugar de paz y silencio, se había convertido en un lugar con un monótono ronroneo.

Poco a poco se fue apagando el ruido, suponen que cuando los cuerpos ya estaban descompuestos, hasta que los nuevos muertos dejaron de tratar de andar y dieron por finalizado el brote de resurrecciones. Desde entonces se mantiene la costumbre de los entierros verticales, pues como decía mi padre, más vale prevenir que lamentar.

Mi padre decía que ese calvario no lo quería y pese a su fe, decidió ser incinerado. Estaba seguro que de allí, nadie, absolutamente nadie, salía caminando.

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