Ponzoña

Abrí los ojos todo lo rápido que la indisposición y el mareo me permitieron. Mi corazón bombeaba la sangre a impulsos inconexos, arrítmicos e incluso dolorosos, como si el tambor de boga de mi decrépito barco hubiera acelerado el ritmo y perdido el compás. Agarré mi pecho con las manos, hincando mis uñas por encima de la ropa. Traté por activa de infligir un dolor superficial a mi enajenado cuerpo al tiempo que vislumbraba tu figura borrosa bajo el quicio de la puerta de mi dormitorio. Entonces lo supe. Fui consciente de que tus labios fueron el cáliz sagrado del que bebí, a sorbos, la muerte.

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