Menguante

Sentado en el suelo, en medio de la inmensa nave, tuve la esperanza de que todo había terminado. Momentos antes había sentido la claustrofobia más inclemente que podía haber imaginado hasta entonces. La sentencia, la cruel sentencia, había sido la de ser encerrado en una caja de madera maciza de unas medidas ajustadas a mis proporciones hasta que muriera. Literalmente fui encajado en aquél contenedor al que seguidamente pusieron la pesada tapa, la cuál clavaron a conciencia. Sentía la presión en la cabeza, en los pies, los hombros y la punta de la nariz. La luz se filtraba por unas pequeñas rendijas que podía ver a duras penas, y pronto mis inhalaciones se aceleraron, al ritmo de un corazón desbocado. La angustia, la más horrible de las angustias, me invadió y salió en forma de alarido. La hiperventilación, supongo, me llevó directo al desmayo. Poco antes de perder la consciencia, pensé que esos eran mis últimos instantes y esa caja mi última morada. Pero al despertar me encontré aquí, en el medio de una diáfana y enorme nave desierta. Sin puertas, ni ventanas, tan solo unas ventanas más anchas que altas cerca del techo. Por ellas se filtra la luz. La luz y las risas. Y también, de vez en cuando, lo que parecen, y solo parecen, enormes, o más bien gigantes, ojos.

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