Densidad

Más bien por necesidad y no por error, el otoño se presentó de manera súbita. Los árboles eran despojados de sus hojas aún verdes con violencia, pigmentando las aceras con su inoportuna caída. Pero es sabido por todos que el otoño llega cuando quiere llegar, sin atender a razones físicas, lógicas o medioambientales. Gramble Fisher miraba con desidia desde la ventana de su sucio desván en la R-405, con el gesto torcido y una mueca iluminada por un quinqué eléctrico, que simulaba ser la sonrisa de un niño maltratado. Desde el otro lado del ventanuco podía intuirse su demacrada silueta, tan estática y fija como la de un retrato en blanco y negro.

La noche, acompañada por un fuerte viento, convertía las calles en un lugar solitario y abandonado, pero Gramble sabía que siempre hay alguien sin ganas de llegar a tiempo a su destino, y él tenía la paciencia necesaria para esperar el tiempo que hiciera falta.

Pese a tener la conciencia desnutrida, el señor Fisher aparentaba ser todo un caballero. Su halitosis, quizá, fuera producto de su descomposición interior, por eso hablaba entre dientes y se limitaba a falsificar sus facciones con la perfección de un buen actor.

Cuando vio aparecer a lo lejos a aquella señorita, que en los periódicos fue identificada como Elainne Scarbrough, abandonó la penumbra de su habitación y aceleró el paso hasta la calle, antes de que Elainne pasará por delante del ruinoso portal. La oscuridad se quebraba por fugaces haces de luz de las farolas. Luces y sombras generadas por la interposición entre estas y las peladas ramas empujadas por el aire.

Elainne llegó al cruce entre la R-405 y Athgoe poco después que Gambler. Al llegar a su altura, este la saludó sonriendo, y Elainne devolvió el saludo y continuó su marcha. Gambler no podía perder tiempo, así que esperando que el olor de su boca no ahuyentara a la dama, se dirigió a ella con un tono muy amable.

– Perdón señorita, no soy de aquí y llevo rato buscando la calle Lyons Road, ¿podría indicarme?
– Sí, yo voy en esa dirección. – dijo la chica.
– Perfecto, ¿puedo acompañarla?

Elainne hizo un gesto afirmativo con la cabeza, pues pese a su seguridad y falta de miedo, consideraba que había sido una suerte encontrarse con aquél hombre.

– Soy Gambler. – se presentó él.
– Elainne, encantada.

Anduvieron no más de cien metros, cuando Elainne percibió el denso y pútrido olor que Gramble emanaba al hablar. El inherente hedor de la boca del señor Fisher, despertó en Elainne la intranquilidad de una presa un día de caza y en su aberrante imaginación comenzaron a mezclarse los olores con las imágenes. Gambler sonreía, pero Elainne comenzó a ver la verdadera esencia del aparente caballero. Ante sus ojos comenzó a deteriorarse la imagen gentil de Gambler y al poco tiempo se sintió caminado al lado de una bestia inhumana. Presa del pánico corrió ante la atenta mirada del sorprendido Gambler. Él también corrió.

– ¿Elainne? -gritaba.

Pero esta corría sin mirar atrás, tratando de aumentar la distancia entre ellos y poder esconderse. La mala suerte hizo que ésta tropezara y cayera en una pequeña zanja llena de escombros. Gambler se acercó y extendió la mano hacia ella con un gesto de preocupación. Elainne volvió a ver de nuevo al hombre afable de la R-405 hasta que este habló.

– ¿Se encuentra usted bien? – se preocupó con sinceridad Gambler.

El hedor insoportable y súbito de la halitosis confundieron de nuevo a la señorita Scarbrough, en cuya cabeza volvieron a densificarse las palabras mostrándole de nuevo al ser que arrodillado ante ella trataba de asesinarla. Como pudo rebuscó con sus manos entre los escombros y tras encontrar algo pesado, lo estrelló contra la cabeza de su asesino una y otra vez hasta que acabó con el último y maldito aliento del horrible Gambler. Éste se desangraba con los ojos abiertos y la cara más triste que jamás había mostrado en público. Un denso charco de sangre fue su última sombra. El miedo a la soledad había terminado por presentarle a la mujer que lo mataría.

Los periódicos se hicieron eco de la noticia, pero pese a su verosimilitud, jamás podría haberse leído nada más falso. “Acosador muere a manos de su víctima”.

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2 pensamientos en “Densidad”

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