CALIGINEFOBIA

Destroyed narcism, de Stefan Heileman
Destroyed narcism, de Stefan Heileman

La señorita Loughty nos enseñaba a sumar sin usar los dedos. Casi todos, a escondidas, íbamos levantando los dedos por detrás de la espalda cuando nos preguntaba. La cosa se complicaba cuando el resultado de la cuenta era mayor de diez. Yo me perdía y soltaba un número al azar entre once y dieciocho, pues de momento los sumandos eran de una única cifra. ¡A veces acertaba! Pero muchas fallaba, y era penalizado con la repetitiva copia de la dichosa suma entre diez y cien veces, dependiendo de si me había quedado cerca o lejos del resultado correcto. Un día empecé a jugar con piedras. Para entonces ya sabía apreciar cuando una chica era guapa, y la señorita Loughty lo era. Descubrí con las piedras otra forma más divertida de sumar, que consistía en ir arrojando los guijarros contra distintas cosas que se pudieran romper. Los cristales eran idóneos para mi juego. Cuando rompía el primero contaba los fragmentos, cuando rompía el segundo los volvía a contar, después sumaba todos los fragmentos. Cada vez usaba menos los dedos y más la imaginación, hasta que se convirtió en extraño el día que fallaba una operación. El día que lance la piedra desde el patio contra la ventana del despacho de la señorita, ésta la recogió y me miró con odio antes de arrojarla. Yo sé que no fue su intención, pero la mala suerte se convirtió en siete puntos de hilo gordo en mi frente. Al día siguiente su sustituta nos tuvo haciendo aburridas sumas durante toda la clase. Durante una semana, cada vez que bajaba al patio miraba al antiguo despacho de la señorita Loughty y recordaba su cara enfadada devolviéndome la piedra. A ella no volví a verla, pero cada vez que me cruzo ahora con una mujer guapa, me echo a temblar.

Publicado en el Viernes Creativo de Escribe Fino
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2 pensamientos en “CALIGINEFOBIA”

  1. ¡Lo que son las cosas!: Una fémina apasionada por las cantidades que te va marrullando y hasta te pone stone, para que el personal represivo asistencial te trabaje mercenariamente la cabeza, fijándote así un aterrorizamiento misógino ante las beldades. Eso fue una conspiración, y suerte que la podés contar, ¡te felicito!

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