Carne y huesos

La cadavérica figura de Adelina deambula entre las tumbas más apartadas del cementerio. Su espantoso luto huele a humo, a incienso y a matadero. En sus huesudas manos porta un rosario de nácar tan sobado que las cuentas han perdido su figura redondeada y su implícito brillo. Masculla entre dientes sus oraciones hasta llegar a la lápida más mugrienta, en la cual se sienta. Un azulejo enmohecido se hunde sobre la piedra para mostrar un nombre y una fecha imposibles de leer. Adelina no tarda en percatarse de que junto a ella pasta ahora una cabra. El animal, con movimientos mecánicos, agacha su cabeza para arrancar los pocos hierbajos verdes que asoman alrededor de la losa sin prestar mayor atención a la enlutada anciana. El crepúsculo se hace noche y la noche se hace día.

El sol ilumina el puente por el que Adelina, escoltada por los vecinos, atraviesa el río y llega hasta el cementerio. Al lado de la tumba sin nombre la tierra le cede un espacio, y sobre ella una lápida y sobre ésta, tan solo un rosario de cuentas viejas.

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