Cenizas frías

Soy ya viejo. Mis temblorosas manos esgrimen con dificultad la péndola, y me resulta inevitable no desperdiciar algunas gotitas de tinta de camino al papel. Subyace bajo mi soledad una agotadora sensación de tristeza, iluminada con debilidad por un mugriento candil colocado sobre mi escritorio. Las paredes que me custodian desprenden un olor a moho tan ácido que la llama en ocasiones crepita con suavidad mostrando pequeños destellos verde azulados que me hacen estremecer. La melancolía y la desidia han convertido mi morada en mi prisión, y los recuerdos son ahora mis únicos aliados. Una lágrima se escurre deshidratada entre las arrugas de mi rostro para fallecer en la agrietada comisura de mis labios. Hace tiempo que no me atrevo a mirarla, pero en ocasiones, amparado por la penumbra, soy capaz de fijar mi vista por unos instantes sobre ella. Entonces sucumbo ante el más indómito de los dolores. Su carne y sus huesos seguirán siendo de piedra. Su alma, cenizas frías.

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