Nada

Ayer salí a la calle invitado por la desgana. Era tal su magnitud que tampoco quería quedarme en casa. Me puse un pantalón sucio y una camisa arrugada, pues la desidia me impidió buscar algo en la profundidad del armario. Los peldaños parecían infinitos, tanto que no me atreví a contarlos como en tantas ocasiones de sumas frustradas. Durante el descenso olí a café, a comida o a nada, y también pude escuchar risas, insultos o nada. Cada piso era el nudo de una historia, la paja, momentos que aislados no encajan pero que envidio con el más extremo de los pecados. Al abandonar el edificio, la temperatura del aire derritió la inquina generada por mis vecinos. El sol se apostaba en lo alto como un rey en su atalaya divisando sus dominios. A causa de ese poder, tanto el sol como el rey están solos, y eso me permitió caminar sin la molestia de paseantes. Un perro sin collar olisqueaba el tronco de un árbol para levantar después su pata. Acto seguido corrió hacia otro tronco para repetir el proceso. No le importaba otra cosa que no fueran esos árboles, y tal vez por eso al cruzar la calle para seguir orinando no se percató de la llegada de un coche. Tras el impacto comenzó el temblor, y tras él la quietud, la expiación. El conductor se bajó e inspeccionó los daños, sobra decir que los de su vehículo, pues un chucho sin collar es como una vieja en una residencia, que no le importa ni a dios por más que defiendan la necesidad de enterrarla aún con vida. Debió pensar que no era nada importante, y tras apartar con más asco que pena al can, volvió a subir al coche y se marchó, dejando tan solo un recuerdo en forma de huellas ensangrentadas. Más paja, pensé yo, y un final. Seguí caminando. Me olvidé del perro tan pronto que me asustó mi desinterés. ¿Tendré conciencia? Pero ni mi propia pregunta me interesó, y la deseché por estúpida. Claro que no. Que no tengo conciencia digo, por si a alguien sí le interesa. Llegué a un parque de tierra, rodeado por césped y en el que se disponían dispares arbustos, flores y árboles tan débiles que ni siquiera daban sombra. El sol brillaba sobre la arena como si lo hiciera sobre cristales, y del suelo ascendía un calor aún más recalentado que en su descenso. Si no hubiera sido por lo desierto que estaba habría pensado que el infierno estaba a tres manzanas de mi casa. Para entonces mi frente ya goteaba, y en poco tiempo las pequeñas gotitas iniciales se hicieron tan grandes que comenzaron a recorrer mi cara. Siempre acaban en los ojos, o en la boca, antes de precipitarse más abajo. Cuando me di cuenta de que quería fumar, recordé que no tenía tabaco, y como si fuera un mendigo anduve buscando colillas. La cabeza inclinada, como rindiendo devoción a ese sol autoritario. Al fin encontré una colilla lo suficientemente grande para permitirme dar al menos cuatro caladas. Un gorrión la vio también y extrajo unas hebras a través del canutillo blanco. ¡No! -grité. Y me lancé como un cuervo sobre los ojos de un muerto. Sonreí por haberle arrebatado mi cigarro. Cubriendo con el dedo el boquete del papel lo encendí. Tragué el humo una vez, luego otra y otras dos veces más. Como había predicho, cuatro caladas. Me dirigí hacia un banco en el que daba una pequeña sombra de manera oblicua, formando un poliedro irregular más frío que el resto. Me tumbé sobre su asiento y utilicé la sombra para mi rostro.

Hoy me he despertado en este banco. Debía llevar doce horas dormido, Llueve con suavidad y la temperatura ha descendido. Estoy mojado. La desidia continúa y no me apetece volver a casa. Al girarme para sentarme he descubierto varias monedas junto al banco. La caridad es una mierda, he pensado. Las he recogido por pura coincidencia y me he levantado. Con dinero me lo he replanteado, y ahora no sé si volver a casa o si seguir paseando.

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