Archivo de la categoría: Entonces Se Hizo La Luz

Aire en mis dedos, carne en mi boca

<< Gravilla

Decidí, por una mezcla de experiencia y sabiduría, que era mejor esperar con los ojos cerrados. Gracias a ello agudicé mi olfato hasta tal punto que era capaz de distinguir entre humanos y animales a los que osaban pisar mi fosa. Pese a considerarlo una osadía, era plenamente consciente de la necesidad que tenía, aun así prefería tomármelo como una intromisión o pecado para que mi rebelión fuera más inocente y funesta.

Tras el descubrimiento, y aunque quería comer carne humana, decidí empezar por los animales, pues de salir airosos de mi embiste no se lo contarían a nadie. De esta forma pude practicar como un cazador tirando al plato, y lo que en un principio eran infructuosos intentos, con el tiempo se convirtieron en un acierto tras otro.

La noche que conseguí atravesar el límite horizontal que se extendía por encima de mí, y sentí el aire fresco en mis dedos manchados de tierra, supe que ya estaba preparado para la prueba final. Ese día, a pesar de la ya acusada inanición, decidí soltar a mi presa, que aullaba y mordisqueaba la esquelética mano que lo sujetaba. Fue inefable la sensación de saber que por fin podía, y pese a no tener testigos, juré que no volvería a pasar hambre.

La siguiente noche, cuando olí que una joven se acercaba, me sentí más vivo que cuando caminaba. Estaba tan exaltado que me castañeteaban los dientes y soltaba guturales risitas que por suerte no escuchó mi comida. La tenía sobre mí, podía oler su piel, su carne, su sangre e incluso sus líquidos viscerales. Exquisita. Tal y como había practicado días antes, estire mi brazo con fuerza, y aunque seguía sin saber como era capaz de recorrer tanta distancia, volví a sentir la brisa nocturna en mis corroídas manos. Sentí en mis yemas la piel de su tobillo, olí su miedo y escuché sus gritos. Pese a no haber practicado la vuelta atrás con el alimento, me sorprendió la facilidad con el que se hundió. En un breve lapso de tiempo llegó su pierna a mi boca, su carne a mis dientes. Mastiqué sin prisa por miedo al atragantamiento, mordí y mastiqué hasta que llegué al hueso y continué el descenso. Para entonces ya no gritaba. Yo, masticaba y tragaba. Masticaba y tragaba.

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Gravilla

<< El Silencio

Llevo días enterrado.

Llevo días enterrado.

Llevo… Mi diario de oscuridad empieza a ser demasiado monótono. Repetitivo. Repugnante incluso. El escaso margen para maniobrar me tiene casi paralizado. Como el insecto que hiberna en su capullo a la espera de que se produzcan los cambios necesarios para renacer mutado. No tengo hambre ni sed, pero cada vez tengo más ganas de morder algo. Algo que no sean pequeños gusanos. Lo que me molesta de los gusanos no es tanto su falta de carne, como su falta de temor. Muerdo, mastico y trago, pero no demuestran su dolor, ni mucho menos su pánico. Por eso ansío alcanzar la superficie con mis manos, ya más parecidas a zarpas, para sentir el miedo, escuchar los gritos y alimentar tanto mi estómago como mi alma.

Pero aquí no hay dioses que cumplan ruegos. Por eso espero, solo, sólo espero. Nada más. Alumbrado por un haz tenue y ocre como una mancha de café en un folio. Algún día mis manos serán capaces de alcanzar un pie del que tirar, y sumergir a su dueño en mi agujero. Sueño con ese momento y me imagino mi risa, mi carcajada abierta de dientes manchados de tierra. Sueño también con el terror del condenado al sentir en su cara mi aliento putrefacto, el hedor propio de los gusanos masticados.

Mientras tanto, y cuando no sueño, las pesadillas me invaden con imágenes dantescas en las que el condenado soy yo. Condenado a vivir mil vidas aquí enterrado. Lo que más detesto es la gravilla que se desprende a cada rato sobre mi rostro, como una lluvia templada en una sala de torturas china. Maldita gravilla.

>> Aire en mis dedos, carne en mi boca

El silencio

<< Aquél Paseo Sin Retorno

La tierra está dura. Tantos días sin llover han cuarteado su piel como la cara de un viejo. Los gusanos serpentean entre raíces secas y piedras, esperando que pronto haya algo que llevarse a la boca. Más suerte tuvieron aquellos que dormitaban en los camposantos. Mucha más suerte. Yo continúo con hambre, pero sigo con energía, lo cuál me hace pensar si es hambre o gula. Rompen el silencio los borborigmos de mis intestinos, que rebotan en las paredes terrosas que me rodean, intensificando su volumen hasta esconder entre ellos el silencio. Es hambre.

Al tiempo me acostumbro a la sensación y me pregunto si seré capaz de mantener este ayuno indefinidamente. Lo que no tengo es sed, y es algo que me preocupa, pues con este calor me temo que no tardaré mucho en deshidratarme. Incluso al inspirar percibo un leve crujido, como de papel de charol, como si mis pulmones estuvieran secándose y perdiendo la esponjosidad. Ojala llueva, musito entre los dientes. Pese a estar bajo tierra y sin caja, hay un espacio en el que subyago, como si un ataúd invisible me protegiera. Y esa penumbra ocre me hace sentirme tranquilo y a la espera.

Por fin el silencio late y se disipa con algunas pisadas que se aproximan. Les acompañan voces. Mi boca segrega saliva ahora y vuelven los ruidos intestinales, alertándome de que debo comer. Utilizo toda la fuerza que tengo para clavar mi mano en la tierra por encima de mí y rebusco, tratando de alcanzar un pie del que tirar y que llevarme a la boca. Pero estoy demasiado lejos de la superficie, y tan solo remuevo la tierra por encima de mi, logrando únicamente precipitarla sobre mis ojos y mi boca. Sobre mi lengua serpentean algunos gusanos y sin pensarlo, mastico y trago.

>> Gravilla

Aquel paseo sin retorno

Los últimos rayos de sol se suicidaron tras los últimos árboles que alcanzaba mi vista. La oscuridad sentenció rápidamente al ocaso y una ventisca fría comenzó a soplar bruscamente. Aún así, yo no tenían intención de volver, y poco a poco me fui adentrando más y más en la espesa vegetación. Después de un rato caminando saqué mi paquete de Chesters y encendí un cigarro. La primera calada me iluminó como un punto en un radar. Mantuve el humo en mis pulmones como el que aguanta la respiración antes de morir ahogado. Acto seguido lo expulsé, formándose una neblina inquieta que se disipó enseguida.

En mi cabeza aún sonaban los recuerdos de los palos mordidos por las ratas. Palos atravesados que formaban imperfectas cruces, y que recibían las dentelladas de los roedores con la pasividad de lo inerte. Las creencias de los que sucumbían ya bajo la tierra hicieron mella en mí, y mi último acto de compasión fue darles una sepultura digna. Pero las ratas lo mastican todo; con sus ojos inyectados en sangre y sin dioses a los que rendir tributo, masticaban con saña la madera mientras emitían sus agudos chillidos. Por eso me fui, tratando de olvidar aquellos ruidos que retumbaban en mi cabeza como ecos en habitaciones vacías.

Entre divagaciones seguí caminando sin rumbo y cuando quise darme cuenta estaba en un paraje llano. Tras de mí se agolpaban árboles y arbustos, pero por delante no había nada, absolutamente nada. Ni siquiera recordaba las apáticas caladas a mi cigarro, sólo podía ver la tierra seca por delante de mí e iluminada tan solo por una luna ocre y unas estrellas minúsculas. Seguí caminando hasta que perdí de vista los árboles a mi espalda y me vi en el centro de nada. El silencio era el mejor amigo que jamás había tenido, y allí lo encontré. Para entonces las ratas habían dejado de morder en mi cabeza y aquellos cuerpos que enterré estarían peleando ya con los gusanos. Una pelea injusta e inútil de la que saldrían descarnados. Pero no me importaban nada, y tan solo disfrutaba del silencio y la monotonía del vacío.

Tenía claro que no quería volver, así que me tumbé en el suelo mirando al cielo y cerré los ojos. Entonces volví a sentir la lágrima roja que recorría mi abdomen, y al poco tiempo sentí su fría humedad por debajo de la espalda. Ya debía estar sobre un charco de mi propia sangre, y pronto respiraría por última vez. Pero no fue así. Al cabo de un tiempo me percaté de que la tierra estaba cediendo bajo el peso de mi cuerpo, me estaba absorbiendo. Rehusé usar la fuerza para escapar de aquél destino y al cabo de un tiempo la tierra me cubrió por completo. Aún podía respirar, y a medida que descendía me sentía con más energía. Ya debía estar sepultado a varios metros bajo el suelo cuando abrí los ojos. Allí abajo, bajo la húmeda tierra, pude volver a ver. La luz que mana de la oscuridad es un tono sepia, como el de las fotografías antiguas, pero podía ver y estaba ¿vivo? No puedo saber si estoy vivo o estoy muerto, sólo se que desde aquí puedo ver. Y tengo hambre.

>> El Silencio