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Huesos

Enjutos, quebradizos y suaves huesos. El foso está tan lleno de ellos que parece el vertedero de un caníbal. Algunos aguantan todavía pequeñas porciones de carne, como las últimas hojas que se resisten a caer en un otoño cualquiera. Siempre las hay. Siempre quedan hojas, y siempre queda algo de carne en algún hueso. Escucho el suave murmullo de los roedores, esos carroñeros dispuestos a aprovechar cualquier alimento abandonado, carentes de conciencia, deficientes animales a la hora de discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Al otro lado se divisan ropas, multitud de camisas, pantalones y ropa que protege los secretos más personales, secretos desvelados allí antes del siguiente paso. Ropa teñida de rojo. El bermellón ya no brilla en las prendas, pero se intuye. A su lado otra montaña. Es de ahí de dónde proviene el hedor, olor a entrañas, a ácidas y descompuestas entrañas apiladas junto a las vestiduras. Impresiona la vista, pero no hiere. Tal vez la costumbre me hace evadirme de los pequeños y macabros detalles y centrarme sólo en los huesos. Blancos e impolutos huesos de los que las ratas eliminan los últimos restos hasta convertirlos en maravillosas piezas de colección. Mi colección.

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