Archivo de la categoría: Microrrelatos

Mi heroína

Adoro el tacto de su piel contra la mía, su intromisión. Y adoro también su mundo, tan alejado del mío, tan contagioso, que por un tiempo indeterminado sucumbo ante sus encantos y visito sus dominios con la sonrisa de un niño, aun sabiendo que al regresar, lo haré cada vez más muerto.

Anuncios

Cenizas frías

Soy ya viejo. Mis temblorosas manos esgrimen con dificultad la péndola, y me resulta inevitable no desperdiciar algunas gotitas de tinta de camino al papel. Subyace bajo mi soledad una agotadora sensación de tristeza, iluminada con debilidad por un mugriento candil colocado sobre mi escritorio. Las paredes que me custodian desprenden un olor a moho tan ácido que la llama en ocasiones crepita con suavidad mostrando pequeños destellos verde azulados que me hacen estremecer. La melancolía y la desidia han convertido mi morada en mi prisión, y los recuerdos son ahora mis únicos aliados. Una lágrima se escurre deshidratada entre las arrugas de mi rostro para fallecer en la agrietada comisura de mis labios. Hace tiempo que no me atrevo a mirarla, pero en ocasiones, amparado por la penumbra, soy capaz de fijar mi vista por unos instantes sobre ella. Entonces sucumbo ante el más indómito de los dolores. Su carne y sus huesos seguirán siendo de piedra. Su alma, cenizas frías.

Redención

Apoltronado en su sofá, el oficial Astel deja caer la ceniza de su Milde Sorte sobre la alfombra. Degusta ensimismado el denso humo del cigarro para expulsarlo después lentamente. Terminada la exhalación,  mira con desprecio hacia el suelo y aplasta los restos del tabaco incinerado. Hace años escondió el cenicero con el emblema del Sacro Imperio Romano para dar más credibilidad a su obsesionada lucha. Las cenizas las limpiará más tarde Guenendel, así que arrastra su bota contra el marchito tejido para eliminar el más mínimo atisbo de impureza de su suela. Tras arrojar la colilla por una de las ventanas, estira su traje y se cuadra golpeando los talones antes de abandonar el despacho. Es más tarde, a la vista de todos, cuando lleva a cabo su enmienda, y tras advertir a un polaco con la estrella judía de su mal comportamiento, desenfunda su arma y le dispara en la cabeza. A un encolerizado volumen grita que en la nueva Alemania, fumar, mata.

Carne y huesos

La cadavérica figura de Adelina deambula entre las tumbas más apartadas del cementerio. Su espantoso luto huele a humo, a incienso y a matadero. En sus huesudas manos porta un rosario de nácar tan sobado que las cuentas han perdido su figura redondeada y su implícito brillo. Masculla entre dientes sus oraciones hasta llegar a la lápida más mugrienta, en la cual se sienta. Un azulejo enmohecido se hunde sobre la piedra para mostrar un nombre y una fecha imposibles de leer. Adelina no tarda en percatarse de que junto a ella pasta ahora una cabra. El animal, con movimientos mecánicos, agacha su cabeza para arrancar los pocos hierbajos verdes que asoman alrededor de la losa sin prestar mayor atención a la enlutada anciana. El crepúsculo se hace noche y la noche se hace día.

El sol ilumina el puente por el que Adelina, escoltada por los vecinos, atraviesa el río y llega hasta el cementerio. Al lado de la tumba sin nombre la tierra le cede un espacio, y sobre ella una lápida y sobre ésta, tan solo un rosario de cuentas viejas.

Menguante

Sentado en el suelo, en medio de la inmensa nave, tuve la esperanza de que todo había terminado. Momentos antes había sentido la claustrofobia más inclemente que podía haber imaginado hasta entonces. La sentencia, la cruel sentencia, había sido la de ser encerrado en una caja de madera maciza de unas medidas ajustadas a mis proporciones hasta que muriera. Literalmente fui encajado en aquél contenedor al que seguidamente pusieron la pesada tapa, la cuál clavaron a conciencia. Sentía la presión en la cabeza, en los pies, los hombros y la punta de la nariz. La luz se filtraba por unas pequeñas rendijas que podía ver a duras penas, y pronto mis inhalaciones se aceleraron, al ritmo de un corazón desbocado. La angustia, la más horrible de las angustias, me invadió y salió en forma de alarido. La hiperventilación, supongo, me llevó directo al desmayo. Poco antes de perder la consciencia, pensé que esos eran mis últimos instantes y esa caja mi última morada. Pero al despertar me encontré aquí, en el medio de una diáfana y enorme nave desierta. Sin puertas, ni ventanas, tan solo unas ventanas más anchas que altas cerca del techo. Por ellas se filtra la luz. La luz y las risas. Y también, de vez en cuando, lo que parecen, y solo parecen, enormes, o más bien gigantes, ojos.

Ponzoña

Abrí los ojos todo lo rápido que la indisposición y el mareo me permitieron. Mi corazón bombeaba la sangre a impulsos inconexos, arrítmicos e incluso dolorosos, como si el tambor de boga de mi decrépito barco hubiera acelerado el ritmo y perdido el compás. Agarré mi pecho con las manos, hincando mis uñas por encima de la ropa. Traté por activa de infligir un dolor superficial a mi enajenado cuerpo al tiempo que vislumbraba tu figura borrosa bajo el quicio de la puerta de mi dormitorio. Entonces lo supe. Fui consciente de que tus labios fueron el cáliz sagrado del que bebí, a sorbos, la muerte.