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Sangre en el pozo

Te siento,
cada vez que miro al fondo,
dónde la oscuridad pierde el nombre,
y los reflejos se esconden.

Pozo de muerte,
de sangre caliente,
el ferroso condimento,
para mis noches de isnomnio.

Lengua que lame mis venas,
con su látigo de fuego,
el que claudica al veneno,
que me secuestra por dentro.

Sangre en el pozo,
carne morada,
los deshechos no son huesos,
son recuerdos y despojos.

Dulce oscuridad

No hay tregua escrita en papel,
ni ojos de pupilas blancas,
no hay hoja marchita sana,
ni luz cuando acaba el túnel.

Mendigo el color que absorbe,
tus manos huesudas ansío,
el baile de tus cuencas vacías,
la cara “b” de la luna.

Clavos, mastico los clavos,
que han visto mi cuerpo por dentro,
que húmedos los extraigo,
que mis dientes mellan con su tacto.

Dulce oscuridad, patria sin bandera,
que al amparo de la luz emanas tus brotes negros,
psicótica y esquizofrénica misión la tuya,
salvando de la vida a tus hijos amados.

Malditos pensamientos que la euforia esgrime,
como espadas de latón en un mundo de papel,
cortantes, afiladas y endebles hojas,
que laceran pero de gravedad no hieren.

Oscura y negra tempestad la que me acuna,
con suave manto de lana corrupta,
la piel del bovino que me calienta,
y que hace de mí tu sangrienta espina.

Dulce oscuridad, absorta,
que te atrapa con sus uñas,
no luches contra ella, cede,
pues al final será bendita.